miércoles, 20 de agosto de 2014

BRINCANDO MUROS

“Hijos, ¡qué difícil es entrar en el reino de Dios!
Marcos 10:23

Mientras me preparaba el café, mi amiga y compañera de ayuda en el hogar, Juana, llegó con su Biblia en mano y me dijo:  "Vamos a ver qué significa este evangelio del día de hoy".  La lectura que me animaba a leer está en Marcos 10:17-30.  Es esa bien conocida historia del joven rico.  Comenzamos a analizar el significado del relato y hablamos sobre aquellas cosas que nos alejan de hacer la voluntad del Señor y de ponerlo como prioridad en nuestras vidas.

Juana dijo una frase que me impactó:  "Es que debemos brincar los muros".  Yo misma me quedé pensando:  ¿Cuáles son mis muros?  ¿Cuáles son aquellas cosas que obstaculizan el que tome más tiempo para relacionarme más con Dios?   Pues ahí Dios comenzó a traer a mi memoria esas cosas que me quitan tiempo para crecer y los muros que yo misma levanto que me impiden ver más allá de lo que debo ver. Dios me mostraba cuáles son mis verdaderas riquezas o al menos lo que de manera inconsciente yo trato como las riquezas de mi vida.

Muchas personas se levantan muros que les impiden tomar tiempo para conocer a más a Dios.  Creyentes profesos y los que no lo son, emplean mucho tiempo en cosas que, si bien son sumamente importantes, también hacen que olvidemos eso que Jesús trataba de hacer ver al joven rico.  ¿Y qué es ser rico?  ¿Se trata solo del dinero que se tiene en una cuenta bancaria?  ¿Se trata solo de los bienes materiales o propiedades?  La riqueza se trata de todo aquello que tenemos como un tesoro.  El joven rico tenía un tesoro en su corazón: sus posesiones, pero muchos de nosotros somos ricos en afectos que no queremos perder, en ocupaciones, en el control que deseamos tener sobre cada paso que dan nuestros hijos o nuestros maridos, en el reconocimiento, en los quehaceres de la casa.  ¿En qué área eres tú rico?  ¿Qué es eso que tienes por dentro en abundancia que te impide acercarte más a Dios?  Es por esa razón que Jesús dijo a sus discípulos:  "¡Qué difícil será para los que tienen riquezas entrar en el reino de Dios!” (Verso 23), pero en el verso 29, añade otras riquezas que los seres humanos poseemos:  padre, madre, hijos, casa, hermanos, tierras y cosas semejantes que nos ocupan toda la atención.

Hay muchos muros que no nos dejan llegar a la casa de Dios o al menos arrodillarnos en nuestras habitaciones para escuchar su voz:  el trabajo, las salidas constantes tanto familiares como de entretenimiento, una cantidad de trastes que hay que fregar o ropa sucia que lavar (Hay personas que se la pasan lavando o fregando, y esa es su mayor riqueza o satisfacción), un novio o novia,  la vigilancia sobre los hijos (no puedo ir a la iglesia porque mi hijo o hija.... ),  la cama (no quiero levantarme, este es el único día que tengo para descansar), el dinero, la moda, el temor  (no puedo dejar la casa sola porque se mete un ladrón), la crítica hacia líderes de iglesias (Ese pastor o ese sacerdote....), los estudios constantes, la ignorancia (falta de conocimiento de la Palabra) etc.  Todos esos son muros que nosotros mismos construimos y que deben ser saltados y en algunos casos no basta solo con saltarlos, sino que hay que derribarlos completamente.  Esos muros son los que se convierten en esas riquezas de las que debemos deshacernos totalmente.

En esta mañana te invito a que medites cuáles son las cosas que guardas como un tesoro y que conforman tus riquezas.  Medita si esas cosas están levantando un muro entre tú y Dios.  Hasta qué punto te entristece tener que dejar algunas de ellas para seguir al Señor.  A veces somos parte de una congregación y nos concentramos en ver los muros de los demás, sin detenernos a observar los muros que nosotros mismos estamos construyendo. 


lunes, 18 de agosto de 2014

Porque ¿quién te distingue? ¿o qué tienes que no hayas recibido? 

Muchas veces observo a personas que han estado o están a mi alrededor.  Especialmente, cuando observo la exigencia del medio acerca de cómo debemos andar, vestir o comportarnos siento cierta presión.  Aquellos que me conocen íntimamente saben a lo que me refiero.  No me considero ser una abanderada de la moda ni de los faciales constantes.  Tampoco soy muy asidua a utilizar extravagancias ni cosas que llamen mucho la atención.  ¡Bendigo a todas las mujeres que pueden hacerlo! ¡Créanme que quisiera tener la inclinación hacia ello, pero confieso que no!  Entonces me puse a pensar: ¿Qué tengo que hacer para ser diferente?  ¿Cómo hago para poder estar al nivel de lo que mucha gente espera ver, sobre todo siendo esposa de un reconocido escritor y conferencista?  ¿Debería dejarme crecer más el cabello o teñirlo de otro color?  ¿Debería invertir más tiempo en mi misma?  ¿Debería ser más agresiva, vanguardista y atrevida?  

Mientras estaba en el Banco haciendo una transacción unas jóvenes se acercaron a mí para preguntar si yo era quien ellas creían: 
_ Disculpe, pero usted se parece a la esposa de.....
_ ¿... Astacio?  –les interrumpí.
_ Sí –ellas dijeron.
_ Lo soy –contesté.
_ !Oh! Es que en las fotos se ve algo diferente –me dijo una de ellas.
–¿Algo qué?  –pregunté.
–No sé, algo diferente.   
-!Ah! Entiendo –dije.

Realmente el momento me pareció algo chistoso y me causó risa porque unas de las chicas quiso arreglar el asunto, pero mientras más lo trataba de arreglar, más metía la pata.  Yo estaba vestida con unos jeans, una camiseta y unos tenis Converse (de mi hija Daniela) con el pelo en una cola y sin ningún maquillaje.   Aunque el momento resultó ser algo embarazoso (supongo que para ellas más que para mí) no pasó desapercibido en mi mente al final de la noche.  Algo se activó en mi mente que comenzó a preocuparme.  Comencé a pensar en lo que muchas personas pueden pensar, decir o sentir hacia mi persona.  Entré al internet para buscar imágenes de lo que tal vez podría hacer a mi favor en términos de apariencia y moda.   Le pregunté a mi esposo:  ¿Qué crees que me falta?,  y me respondió:  "Arrojo, es lo que te falta.  Debes ser más directa, aprender a decir que no en ocasiones y ser menos complaciente".   Le dije:  "No.  Eso ya lo sé.  A lo que me refiero es a mi apariencia, es decir, físicamente o en cuanto a la moda ¿qué crees que me falta?".   Me contestó:  "Para mí nada".   Eso me dejó algo insatisfecha porque esperaba escuchar otras cosas que mi mente ya había fabricado durante la tarde y la noche.  

Comencé a pensar en opciones que me permitieran ver más moderna y algo más digna de un hombre que siempre anda bien trajeado y arreglado (cosa de la que yo misma me ocupo, por cierto).  "Tal vez debo cambiar el guardarropas" –pensé.  Fue entonces cuando escuché en mi interior  La Palabra de Dios hablar claramente: "Por la gracia que se me ha dado, les digo a todos ustedes: Nadie tenga un concepto de sí más alto que el que debe tener, sino más bien piense de sí mismo con moderación, según la medida de fe que Dios le haya dado (Romanos 12:3)".  

Eso fue como si me hubiesen echado una cubeta de agua fría, diciendo:  ¿Realmente crees que eso es lo que quiero que cambies? ¿Realmente tu personalidad va  con un nuevo look bien llamativo? ¿Cambiará eso en algo tu forma de ser tan abierta?  ¿Aprenderás a decir que "no" en ocasiones?  ¿Te sentirás más libre o más presionada?  Y entendí que no todas las personas somos iguales, que Dios hizo una gran diversidad y que para mí la libertad es supremamente importante.  No todos los miembros de un cuerpo desempeñan la misma función.  Tenemos maneras diferentes de ser, según la gracia que nos ha sido dada.  Dios llamó mi atención para preguntarme:  "Evelyn, ¿cuál es la gracia que te ha sido dada?".  "Porque ¿quién te distingue? ¿o qué tienes que no hayas recibido? Y si lo recibiste, ¿por qué te glorías como si no lo hubieras recibido?" (1ra Corintios 4:7).  

Todo lo que somos o tenemos lo hemos recibido de Dios y cuando entendemos esto, toda necesidad de reconocimiento o vanagloria, insatisfacción o deseo único de  quedar  bien se aleja;  Dios es el que pone en nosotros todo.  Eso no quiere decir que no debemos tratar de ser mejores cada día, todo lo contrario.   Cada día uno debe esforzarse para proyectar lo bueno que Dios ha puesto y ciertamente no deja de ser un reto.  Sin embargo, la mente es sumamente poderosa y el deseo de aprobación también, por lo que tenemos que tener sumo cuidado de que las exigencias de la sociedad de hoy día no nos arropen de tal forma que nos lleven a proyectar lo que en realidad no somos.  En conclusión, decidí observarme más hacia dentro y confirmar una vez más quién soy en Dios.  Te animo a pensar igual, piensa ¿quién eres en realidad?  ¿qué te hace sentir libre y feliz?  ¿qué te presiona y qué no?  Recuerda que todo lo bueno y perfecto viene de Dios y que Él te ha hecho un ser único y especial. 

CONFIA EN DIOS


Estas cosas os he hablado para que en mí tengáis paz. En el mundo tendréis aflicción; pero confiad, yo he vencido al mundo.
S.JUAN16:33
La joven me había telefoneado para decirme que se encontraba frustrada.  Su novio la había dejado embarazada y ella no sabía qué hacer, así que tomó la decisión de abortar.  Por una semana estuve tratando de convencerla de que no lo hiciera y le hablaba de las terribles consecuencias que esto traería a su vida, pero mi esfuerzo fue en vano.  Ella me dijo:  “Lo siento, mi decisión está tomada.  Mañana temprano tenga la cita con el médico”.  Fue una sensación de impotencia la que sentí, porque todos mis esfuerzos para convencerla fueron en vano.  Fue precisamente en medio de esa impotencia que el Señor trajo a mi corazón una pregunta:  “¿Realmente confías en mí en medio de tu impotencia? Tú no puedes hacer nada, pero yo sí”.
Cuando he recurrido a Dios en los momentos difíciles y acepto que hay cosas que no puedo cambiar he visto su mano obrar de una forma maravillosa.   En ocasiones he puesto mi confianza en amigos, en familiares, en los negocios, en los líderes y en todo tipo de personas; sin embargo, nada de esto ha podido ayudarme.  Es muy conocida en el ámbito de liderazgo y motivación la frase:  “Confía en ti, tú puedes hacerlo.  Cree en ti mismo”.  Esto es cierto, pero solo hasta un punto, pues habrá momentos en los que lo único que podemos hacer es estar quietos y confiar en aquel que sí lo puede todo. Dios nos anima a que encomendemos y confiemos en él, de hecho, nos reta a hacerlo (Salmos 37:4).  
No podemos negar que en la vida hay situaciones que son imposibles humanamente, y cuando decimos:  “Yo solo puedo” y pensamos que somos tan fuertes que no necesitamos la ayuda de Dios, estamos poniendo una barrera que sale a la vista cuando el asunto verdaderamente no tiene solución. Es  justamente en esa imposibilidad que Dios obra con su poder para encaminar las cosas en el orden correcto.  No quiere decir que todo se vaya a hacer como lo hemos pensando, pues aún lo negativo que pudiera ocurrir podría ser una respuesta departe de Dios.  El punto es que esto solo lo entendemos cuando le hemos conocido y cuando hemos confiado.
Confiar en Dios nos fortalece, nos anima, nos da sentido de consolación, de que no estamos solos.  Muchas personas se preguntan por qué los cristianos se quedan serenos en momentos dolorosos o difíciles como una enfermedad, una muerte o un despido laboral, pero no es que seamos inmunes, sino que la confianza que tenemos en Dios de que él está en control de todo nos da la certeza de que sea lo que suceda todo obrará para bien.  Después de todo, el es quien ha vencido al mundo.
Sobre el caso anterior te cuento que el Señor contestó la oración.  Decidí descansar en él y dejar que obrara en el corazón de esta hermosa joven. Así fue, y hoy ella goza de la compañía de una hermosa nena que le da alegría a su vida.  Porque lo que uno no logra hacer, Dios sí lo hace.

DESDE EL CORAZÓN